LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN
Lo hermoso de la libertad es
que nos permite expresar nuestra
opinión aunque a alguien no le guste.
Para Gandhi, el derecho a la libertad de expresión sobrevive si las
personas cumplen con su deber, al no utilizarlo en forma antisocial, ofendiendo
a una colectividad o un individuo. No se puede injuriar. Obama lo aclaró en la última
Cumbre de las Américas: no es posible que una persona sea quien determine si
los medios de comunicación son buenos o malos, dependiendo si le gustan o no
sus críticas.
La declaración de derechos
humanos y la Constitución vigente recogen entre sus normas a la libertad de
opinión, porque es un derecho connatural al ser humano. Cualquier Ley que se promulgue en contra de
este principio es injusta y por lo tanto, susceptible a ser resistida por el
individuo o el colectivo afectado.
El gobierno se excede con las
cadenas nacionales o locales que los medios de comunicación están obligados a
transmitir, según la Ley de Comunicación.
Usan el espectro radioeléctrico, por cuya frecuencia los medios de
comunicación han pagado al Estado.
Quitándoles muchas horas de transmisión por semana. En definitiva, despojándolos del dinero que
pudieran ganar si no transmitieran esas cadenas ordenadas por la función
ejecutiva. Un abuso de poder cuyo
contenido irrespeta a la audiencia, a los medios y a la Ley; porque en muchas
ocasiones no son más que ataques políticos a los opositores del oficialismo, tratando asuntos que no son “mensajes de
interés social”, que degradan la relación intercultural, al contrario de lo
dispuesto por la Ley de Comunicación.
De allí la importancia de que
un sistema democrático tenga poderes independientes. Que no sean obedientes a las decisiones del
poder ejecutivo, sino que resuelvan en forma justa los problemas de la vida en
sociedad. Si bien es cierto, los medios
de comunicación son imperfectos, no se puede pretender censurarlos con
artimañas legales. Todo esto nos lleva a
una situación de indefensión, porque la autoridad ante la que los afectados
pudieran quejarse es juez y parte. Sabemos
con anticipación a favor de quién fallará.
Por eso, las verdaderas opiniones se encuentran en las redes sociales,
en los blogs y en los portales digitales.
Estas en cambio, son combatidas por los trolls, también pagados con nuestros
impuestos, como se ha demostrado en el pasado.
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