LA MALDICIÓN

Suena el despertador. Son las cuatro y media de la mañana.  Decido no ir a la reunión.  Cinco minutos después reflexiono: “Tengo que ir.  Es la autoridad más importante del sector”.  Me levanto.  Trato de no despertar a mi esposa, ni a mi hija.  No tengo cabeza para seleccionar la ropa y tomo lo que está a la mano.  Me voy en el carro.   No hay nadie en las calles.  Llego al aeropuerto municipal de Guayaquil.  Observo con fastidio que la manga de la camisa que escogí a ciegas sobresale el borde del saco y me supera la muñeca ampliamente.  Voy en calidad de mamarracho.  Tengo hecho el check-in y paso hacia el control de seguridad.  Trato de dejar todo lo metálico en la caja plástica.  Fracaso como siempre.  Me revisan con el detector de metales.  Suenan  las placas y los clavos que tengo dentro de mi cuerpo.  Visualizo el café que tomaré gratis en la sala de espera.  Nueva desilusión.  No está abierta al alba.  Maldigo mentalmente.  Anuncian que debo abordar el avión.  Me acerco al mostrador, rogando que sirva el check-in que imprimí. Paso. Llegó hasta el asiento con ventana que reservé.  Pienso en la maniobra que Denzel Washington realizó en la película “El Vuelo” para salvar su avión de una mayor catástrofe.  Me duermo pensando que merecía el Óscar.

Seis y cincuenta y cinco de la mañana.  Casi muero infartado.  El avión aterriza en el aeropuerto municipal Mariscal Sucre en Tababela.  Despierto.  Hago fila para salir del avión. Me pregunto por qué demoramos tanto.  Al recibir el aire fresco y frío de la mañana quiteña encuentro la respuesta en la puerta.  Los pasajeros tenemos que bajar una escalera y abordar un bus que nos lleve al terminal.  Noto cómo se repleta el bus.  Espero que no me obliguen a abordarlo.  Me detienen.  Viene otro bus.  Soy el primero en subir.  No tiene asientos. Tampoco tubos para sostenerse.  Solamente uno que atraviesa la parte superior de cada lado.  Reflexiono el peligro que implica.  Entramos a la nueva terminal aeroportuaria.  Observo rápidamente.  Estoy apurado.  Salgo a ver dónde tomo el bus que me habían recomendado para llegar hasta Quito.  Un señor gentil me acompaña de regreso al terminal y me indica dónde debo comprar un ticket.  Fila.  Pago ocho dólares y subo al bus.  Me duermo esperando que partamos.
Ocho y cuarenta y cinco de la mañana.  Algo se detiene.  El bus.  Llegamos al antiguo aeropuerto de Quito.  Desembarco.  Le pregunto a un taxista cuánto me cobra hasta el hotel.  Seis dólares.  Me parece caro.  Mientras camino, interrogo a otro taxista para conocer su tarifa.  El primero interrumpe en tono mandón y afirma que me voy con él.  El segundo taxista no contesta mi pregunta y el primero dice que ahora me cobra cinco.  Accedo medio dormido.  Gana la batalla y subo a su taxi.  Quisiera dormir, pero temo que el taxista me asesine.  No conversamos hasta llegar al hotel.  Me encuentro con los demás miembros de la comitiva que tuvieron que pernoctar en Quito y acordamos encontrarnos para desayunar.  Revisamos los temas a abordar y nos dirigimos a la reunión analizando estrategias.
Once de la mañana.  Todos concordamos que es miserable lo que le hacen a los pasajeros que tienen que ir o salir de Quito.  Termina la reunión. Excelentes resultados sectoriales, pero no sabemos qué hacer.  Nuestro vuelo sale a las cinco y diez de la tarde.  Nos confirman desde la oficina en Guayaquil que los vuelos están llenos.  Regresamos al hotel para trabajar y hacer tiempo.  Nos ofrecen varias opciones para retornar al aeropuerto.  Todas costosas.  Decidimos tomar un taxi de la calle.  Nos cobra veinticinco dólares.  Llegamos a las dos y media de la tarde.  No encontramos sillas desocupadas, ni lugar para comer en los restaurantes más económicos.  Decidimos invertir en un almuerzo oneroso, pero con mesa para poder esperar.  Cuando quisimos ingresar al control de seguridad, nos detuvieron.  Falta el sello en el check-in por concepto del pago de la tasa aeroportuaria.  Corremos el riesgo de perder el avión y dormir en Quito.  Nos sellan el check-in después de hacer dos filas.  Maldigo internamente por segunda vez en el día.  En el control de seguridad no me quieren dejar pasar porque suena varias veces la alarma.  Tampoco quieren revisarme con el detector de metales.  Maldigo íntimamente por tercera vez.  Le ruego al señor de seguridad que verifique con su detector de metales.  Alcanzo el vuelo con las justas, para dormir nuevamente.  Llego al parqueo del aeropuerto de Guayaquil a las seis y cuarto de la tarde.  Me cobran catorce dólares por el parqueo.  Maldigo a quienes pensaron que era buena idea inaugurar el aeropuerto en Tababela.  Llego a la casa agotado después de tan solo una reunión.  Reflexiono sobre la vigencia que tendrán las videoconferencias.

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