EL BUEN DICTADOR

En 1998 un periodista le preguntó al recientemente electo gobernador de Minnesota de esa época, Jesse Ventura, si alguna vez sería candidato a Presidente de los Estados Unidos.  Contestó que había  “observado presidentes y usualmente al ser elegidos, se ven jóvenes y viriles, pero cuatro años después parecieran haber envejecido 25 años.  La vida es demasiado corta.”  Ventura combatió en la guerra de Vietnam como un miembro del equipo de demolición submarina y posteriormente fue luchador de lucha libre.  No es que Ventura hubiera sido el mejor presidente de los Estados Unidos, pero si ese perfil no se sentía lo suficientemente duro como para ingresar al circo electoral, tenemos que reflexionar sobre el tipo de personas que en el siglo XXI se interesan en convertirse en presidentes.  Las campañas electorales modernas se han convertido en un concurso Darwiniano que recompensa la ambición ilimitada y la flexibilidad moral.  Y el ambiente al que el presidente ingresa una vez electo, se asegura de que una persona consciente y sicológicamente saludable se desconecte progresivamente con la realidad.  Las demandas del trabajo y las condiciones de cualquier oficina presidencial transforman la personalidad, distorsionan el juicio y fomentan el comportamiento disfuncional.

Los presidentes viven tras cordones paramilitares monárquicos.  Rodeados por suplicantes y aduladores.  Disfrutan de privilegios que harían sentir como dioses a personas sin vanidad.  Viven la vida de las cortes imperiales.  Una estructura destinada a cumplir los deseos de un hombre tratado con extraordinaria deferencia y sin comunicación con los demás mortales.  Lo más lejos posible de quienes disienten.  Aislado como si estuviera en una prisión de lujo.  Solamente conviven con su familia y su equipo, que se convierten  en la voz del pueblo sin haber sido elegidos en las urnas.  Simultáneamente el personal presidencial gasta ingentes cantidades de recursos públicos para convencer a los medios de comunicación y al pueblo de que el presidente es un superhéroe.  Debido a esta atmosfera, poca gente a su alrededor estará dispuesta a decirle al presidente que ha cometido un error, incluso sus amigos cercanos.  Todo esta diseñado para que las decisiones del presidente sean implementadas por su staff.  Hasta mediados del siglo XX los presidentes eran magistrados que no ostentaban este poder.  Las demás funciones del Estado equilibraban la balanza.  Hoy es probable que el presidente cometa errores en virtud de un narcisismo inducido por el ambiente que lo rodea o traumas del pasado.

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