EL SOLITARIO ECUADOR FORMAL
En Ecuador, el ciudadano que produce y cumple está cada vez más solo. La economía informal, no es un fenómeno reciente ni accidental: es el resultado de un sistema que ha convertido a la legalidad en un privilegio. Lo advirtió Hernando de Soto en El Otro Sendero: cuando los trámites para formalizar una empresa son lentos, costosos y absurdamente complejos, millones de personas quedan fuera del sistema por imposibilidad, no por desinterés.
Esta exclusión
tiene consecuencias profundas. Al cerrarse las puertas de la legalidad, se
multiplican las oportunidades para economías paralelas, muchas de ellas
capturadas por redes delictivas. En vez de generar emprendimiento, empleo e
impuestos, se alimenta un mercado sumergido que no solo evade tributos, sino
que mina la seguridad, la cohesión social y el desarrollo del país.
Mientras tanto,
el sector formal —ese que tributa, contrata legalmente, cumple regulaciones,
afilia a sus trabajadores y sostiene al Estado con su esfuerzo diario— sigue
cargando con el peso de una estructura pública que rara vez lo respalda. Cada
nueva norma, cada trámite redundante, cada fiscalización excesiva o
descoordinada, recae sobre quienes ya están dentro del sistema y han apostado
por hacer las cosas bien. Los que sí cumplen enfrentan un entorno
crecientemente hostil, sin reciprocidad ni reconocimiento. A cambio reciben
inseguridad, competencia desleal, lentitud institucional y escasos o nulos
incentivos. El resultado: una economía dual injusta que transmite un mensaje perverso:
en Ecuador, cumplir es más difícil y riesgoso que evadir.
El país requiere
liberar el “otro sendero”: facilitar la legalidad, modernizar el Estado,
simplificar procesos, digitalizar trámites y confiar más en quien produce. Solo
así se podrá reducir la desigualdad estructural que alimenta al crimen
organizado y a la informalidad. El
Ecuador formal quiere dejar de estar solo. Apoyarlo no es privilegio: es la estrategia
de supervivencia nacional.
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