PARTIDOS SIN ALMA, POLÍTICA SIN RUMBO
La política ecuatoriana está en una encrucijada. Según Julian Quibell, director en Ecuador del Instituto Nacional Demócrata, “la lucha contra el crimen también se libra desde la institucionalidad”, y los partidos son fundamentales en ese proceso. Sin embargo, muchos han sido vaciados de propósito: funcionan como negocios de alquiler, donde se arrienda la “camiseta” al mejor postor, muchas veces a advenedizos o incluso a delincuentes.
En lugar de
forjar ideologías, educar a sus miembros desde jóvenes y construir carreras con
bases filosóficas, proliferan estructuras vacías. La ciudadanía se aleja, y con
razón: los partidos ya no representan ideas ni principios, sino intereses y
cálculos.
Las recientes
reformas al Código de la Democracia fueron una oportunidad perdida. Hubiera
sido el momento de exigir que cada organización defina su doctrina, forme
cuadros, capacite a sus miembros y establezca sanciones al transfuguismo. El
famoso “camisetazo” debería implicar la pérdida del cargo, porque quien
traiciona la propuesta con la que fue electo engañó al votante.
Se argumenta que
el financiamiento estatal puede fortalecer a los partidos. Pero discrepo. Los
impuestos que pagamos no deberían financiar campañas de candidatos que, muchas
veces, van contra nuestras propias convicciones. Si un candidato no es capaz de
recaudar fondos, quizá tampoco esté preparado para liderar un país. Que se una
a un partido, haga carrera, y que sea el partido—con estructura, doctrina y
financiamiento interno—el que respalde su campaña.
Herramientas
como el “triángulo de mejores prácticas” del NDI insisten en que los partidos
deben tener democracia interna, transparencia financiera y llegada territorial.
Eso debe exigirse por ley.
La política no
puede seguir siendo un espectáculo de oportunismos. Reformar el Código de la
Democracia para que los partidos tengan alma, organización y coherencia no es
un lujo. Es urgente. Si queremos un futuro diferente, debemos empezar por
rescatar la seriedad y la ética de la política, porque sin convicciones
verdaderas no hay democracia digna de ese nombre.
Comentarios
Publicar un comentario