MÉXICO ERRÓ CON LA REFORMA JUDICIAL
La reciente propuesta en México para que los jueces sean elegidos por votación ha generado un debate encendido. Sus defensores sostienen que la justicia está tan politizada y contaminada, que solo devolviéndole el poder al pueblo podrá haber sentencias imparciales. Sus críticos, en cambio, temen que se convierta en un espectáculo electoral, aún más vulnerable al populismo y a la presión de grupos de poder.
En Ecuador, ese
debate no ha llegado con fuerza, pero la raíz del problema es similar: una
justicia secuestrada por intereses ajenos a la ley. El sistema judicial
ecuatoriano ha sido, durante décadas, el tablero de ajedrez de quienes dominan
coyunturalmente el poder político. Se rotan los jugadores, pero la lógica del
reparto permanece. Así, el mérito cede ante la lealtad y la técnica ante la
conveniencia.
Mientras tanto,
el daño es doble: por un lado, se vuelve improbable que las disputas se
resuelvan con justicia, lo que erosiona la confianza ciudadana en el sistema; y
por otro, se instala un clima de impunidad funcional que favorece la
corrupción, agrava la conflictividad social y aleja la inversión.
A esto se suma
un fenómeno alarmante: algunos jueces honestos, que aún creen en su juramento y
en la Constitución, son presionados por las mafias con el infame "plata o
plomo". Enfrentan amenazas reales contra su vida o la de sus familias si
no favorecen a estructuras del crimen organizado. En ese contexto, exigirles
independencia sin brindarles protección es casi una hipocresía de Estado.
Por eso, el
sistema de justicia del siglo XXI no puede pensarse con las mismas herramientas
del pasado. Como propone Richard Susskind en Online Courts and the Future of
Justice, es urgente repensar cómo se imparte justicia: cortes en línea,
procesos virtuales seguros, trazabilidad digital y barreras tecnológicas que
protejan tanto a jueces como a usuarios del sistema. No se trata solo de
eficiencia; se trata de proteger la integridad del proceso judicial frente a
amenazas externas.
Una justicia que
no es independiente deja de ser justicia. Y sin justicia, ninguna democracia
prospera. El desafío está en modernizar el sistema para blindarlo frente a las
mafias y liberarlo de los pactos políticos. Solo así se podrá recuperar la
confianza ciudadana en la ley y sus instituciones.
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