EL VALOR DEL SUFRIMIENTO
El 26 de diciembre de 1944 el teniente segundo, Hiroo
Onoda, del ejército imperial japonés fue asignado a la isla de Lubang en las
Filipinas. Sus órdenes consistían en
disminuir el progreso de los Estados Unidos a cualquier costo. Sin rendirse.
Su comandante y Onoda sabían que era una misión suicida.
Los americanos llegaron a la isla en febrero de 1945 y
tomaron Lubang con una fuerza avasalladora.
En pocos días, la mayoría de los soldados japoneses se rindieron o
fueron eliminados, pero Onoda y tres de sus hombres lograron ocultarse en la
selva. Desde allí, iniciaron una guerra
de guerrillas contra las fuerzas americanas y la población local.
En agosto del mismo año, Japón se rindió después de
haber sufrido las consecuencias de dos bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima
y Nagasaki. Sin embargo, miles de
soldados japoneses todavía estaban diseminados entre las islas del Pacifico,
incluyendo a Onoda, quien ignoraba que
el conflicto había terminado, por lo que siguió combatiendo.
Los Estados Unidos, lanzaron panfletos sobre la selva
informando que la segunda guerra mundial había culminado. Onoda y sus hombres los leyeron, pero
decidieron que eran una trampa y mantuvieron las hostilidades desde la selva.
Pasaron cinco años desde que las fuerzas americanas
habían retornado a su país. Los locales
querían regresar a su estilo de vida anterior a la guerra, pero Onoda y sus
hombres continuaron disparando a los agricultores, quemando sus cosechas, robándoles
ganado y asesinando a filipinos que se acercasen demasiado.
El gobierno filipino decidió lanzar más volantes en la
selva, informando la rendición japonesa.
Onoda los ignoró nuevamente.
En 1952, el gobierno japonés hizo un nuevo intento. Esta vez, los panfletos contenían fotos y
nombres de las familias de los soldados que estaban en la selva, incluyendo una
nota del propio emperador japonés. Una
vez más, Onoda rehusó a creer el contenido.
Los filipinos se hartaron y contratacaron. La policía mató al último sobreviviente que
acompañaba a Onoda, cuando quemaba un campo de arroz, como acto de una guerra
terminada un cuarto de siglo antes. Su
nombre era Kozuka.
La muerte de Kozuka fue noticia en Japón en 1972,
convirtiendo a Onura en mito, héroe y fantasma.
Había vivido más en la jungla que en Japón. Todos comenzaron a buscarlo. Lo encontró en la selva filipina un hippie
japonés llamado Norio Suzuki, nacido después de la terminación del conflicto. Su estrategia: gritar en el bosque anunciando
que la conflagración había finalizado y que el emperador estaba preocupado por
Onoda.
Suzuki le preguntó por qué había seguido combatiendo y
Onoda respondió que había recibido la orden de “no rendirse”. A su vez, Onoda le preguntó a Suzuki el
motivo de su búsqueda y este respondió que “había salido del Japón para lograr
tres objetivos: encontrar al teniente Onoda, un oso panda y al abominable
hombre de las nieves, en ese orden”.
Esas fueron las razones que movieron a cada uno.
Suzuki murió pocos años después en el Himalaya,
buscando al hombre de las nieves, después de haber logrado sus dos primeros
propósitos.
Para ambos hombres el sufrimiento significó algo. Sus causas supremas les permitieron
soportarlo. Eso nos lleva a preguntarnos
si el motivo de nuestro esfuerzo vale la pena.
Todos los sistemas de gobierno buscan la felicidad de
la sociedad. Lo que pasa es que algunos,
como el comunista y el socialismo del siglo XXI, han fracasado siempre que
fueron aplicados. Los mandatarios de
Cuba y Venezuela exigen sacrificio a sus conciudadanos, mientras ellos y sus
acólitos viven lujosamente.
Habría que analizar si redistribuir la riqueza de
quienes la tienen es un buen propósito o solamente una forma de acomodar a los
socialistas que buscan convertirse en funcionarios públicos financiados con
nuestros impuestos.
Tal vez, la mejor vía es adoptar un sistema de libre
comercio que genere un ecosistema de oportunidades para todos, mejorando
nuestra calidad de vida. Como lo
hicieron exitosamente Alemania, Hong Kong, Suiza, Chile y muchos países más.
Depende de con qué estándares nos queremos comparar: con
modelos que han tenido resultados adversos o los exitosos.
También influyen nuestros valores y cómo los
midamos. Tienen que ser basados en la
realidad, socialmente constructivos e inmediatamente controlables. Lo contrario, significa un sacrificio loable,
pero innecesario, como el de Onoda.

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