DESPUÉS DE CORTAR LA CINTA
Nos emocionan las inauguraciones. Cortamos cintas, celebramos obras nuevas y anunciamos proyectos con entusiasmo. Sin embargo, el verdadero desarrollo rara vez depende de lo que se inaugura. Depende, sobre todo, de nuestra capacidad para conservar lo que construimos. Una obra no termina el día que se inaugura. Ese es el día en que comienza la obligación de mantenerla.
Basta mirar a
nuestro alrededor. Hospitales estatales equipados que pocos años después operan
con máquinas dañadas. Edificios públicos en el calor de la Costa con aire
acondicionado fuera de servicio y con ascensores averiados. Una crisis
eléctrica que no surgió de la noche a la mañana, sino de inversiones
postergadas y mantenimientos diferidos. No son hechos aislados. Son la
expresión de una cultura que valora más inaugurar que conservar.
El mantenimiento
no genera titulares ni fotografías. Es silencioso, rutinario e invisible.
Quizás por eso seguimos premiando al que construye y olvidando al que preserva.
Pero mantener no es un gasto que compite con la inversión; es la condición para
que la inversión conserve su valor. Cada dólar que dejamos de invertir en
mantenimiento suele convertirse luego en varios dólares destinados a reparar o
reemplazar. Cuando descuidamos el mantenimiento, no solo deterioramos una obra:
también destruimos valor público financiado con el esfuerzo de todos.
Esta lógica va
más allá de la infraestructura. Instituciones que crean nuevas estructuras
antes de fortalecer las existentes. Políticas públicas que reaccionan a las
crisis en lugar de prevenirlas. Confundimos progreso con novedad, cuando el
verdadero progreso consiste en cuidar lo que ya funciona.
Toda obra
pública debería nacer con un plan de mantenimiento, con los recursos para
ejecutarlo y con mecanismos de rendición de cuentas sobre su cumplimiento. Inaugurar
sin prever su conservación es condenar la obra a un deterioro previsible.
Construir
demuestra capacidad. Mantener demuestra madurez. Porque mantener también es
prevenir, y prevenir siempre cuesta menos que lamentar. Las inauguraciones duran un día; el
mantenimiento sostiene generaciones.
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