EL PRECIO DE IGNORAR EL RIESGO
Ecuador es un país donde el riesgo no es una posibilidad remota sino una constante. Terremotos, inundaciones, fenómenos climáticos extremos y otros eventos adversos forman parte de nuestra historia reciente. Aun así, seguimos siendo una sociedad que reacciona frente al desastre, pero que todavía no desarrolla una verdadera cultura de gestión de riesgos.
Lo preocupante
no es solo la frecuencia de estos eventos, sino que aún discutimos poco quién
asume realmente sus consecuencias económicas.
Porque alguien
siempre paga.
Cuando una
familia no tiene su vivienda asegurada, o cuando quien sostiene el hogar no
cuenta con seguros de vida o salud, el riesgo recae directamente sobre sus
dependientes. Cuando una empresa carece de cobertura suficiente, el resultado
puede ser el cierre del negocio y la pérdida de empleos. Y cuando los efectos
son mayores, el costo muchas veces termina trasladándose al Estado y, por
tanto, a los ciudadanos mediante impuestos, deuda o menor inversión pública.
Ignorar el
riesgo no elimina su costo; solo hace que sea más caro cuando llega.
En economías más
desarrolladas, los seguros cumplen un rol que muchas veces pasa desapercibido:
permiten una recuperación más rápida, protegen la continuidad de los negocios y
reducen el efecto fiscal de los eventos catastróficos. No se trata solo de indemnizaciones,
sino de estabilidad económica.
Los seguros son,
en esencia, una forma inteligente de distribuir el riesgo antes de que ocurra
la crisis.
Pero para que
este sistema funcione también se necesita confianza: reglas claras, seguridad
jurídica y mecanismos eficientes para resolver controversias. También más
prevención, coordinación entre el sector público —incluidos los gobiernos
autónomos descentralizados— y el sector privado, junto al uso de tecnología
para anticipar riesgos.
Los países
resilientes no son los que tienen menos riesgos, sino los que mejor se
preparan. Ecuador necesita avanzar hacia una cultura donde gestionar riesgos
sea parte de su estabilidad económica.
Porque cuando no
hay prevención suficiente, las crisis no desaparecen. Solo se vuelven más
costosas.
Ese es el
verdadero precio de ignorar el riesgo.
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