QUE NO PAGUEN SOLOS

En medio de la violencia que golpea al Ecuador, hay ciudadanos que merecen algo más que silencio: merecen reconocimiento. Me refiero a quienes, pese a las amenazas de la delincuencia organizada, deciden no pagar las llamadas “vacunas”. Hacen lo correcto, aun cuando hacerlo implica un riesgo enorme.

Conozco el caso de un empresario que actuó como debe hacerlo un ciudadano responsable. No pagó la extorsión, denunció y llamó a la UNASE. La unidad especializada respondió y lo apoyó. Aun así, los delincuentes incendiaron parte de su negocio como represalia. No lo destruyeron por completo gracias a que funcionaron los sistemas contra incendios y a la rápida respuesta bomberil. Ese empresario no es un ingenuo. Es un valiente. Es un héroe civil.

Cuando un negocio que no paga extorsiones es atacado, debemos ayudarlo a resurgir. Y ayudarlo es algo concreto: comprar ahí, contratar sus servicios, recomendarlo. La delincuencia organizada se alimenta del miedo, pero también de la indiferencia y de una preocupante pérdida de valores.

Si convertimos en referentes a narcos de ficción y romantizamos la violencia, sembramos el terreno para el desastre. En cambio, si respaldamos a quienes se resisten, defendemos la cultura del trabajo honesto y enviamos un mensaje claro: cumplir la ley no te deja solo.

Cuando un negocio extorsionado cierra, pierde el empresario y pierden los trabajadores, sus familias y los proveedores. Muchos terminan huyendo del país, llevándose su talento a economías que sí los valoran. El país pierde y el crimen gana.

La extorsión no solo busca dinero; busca vaciar territorios y apoderarse del país. El Estado tiene un rol indispensable: Policía y Fiscalía deben actuar coordinadamente. La UNASE existe y opera, pero la persecución penal se debilita sin denuncias seguras, evidencia suficiente y protección efectiva a víctimas y testigos.

Nada será suficiente si la ciudadanía no acompaña. Apoyar a quienes no pagan extorsiones es un acto de compromiso cívico. La delincuencia organizada no puede quedarse con el Ecuador. Depende del Estado, sí, pero también —y sobre todo— de nosotros.

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