ENTRE JUSTICIA Y REVISIONISMO HISTÓRICO
En estos días se ha reabierto un capítulo doloroso de nuestra historia: el juicio por presuntos crímenes de lesa humanidad cometidos en los años ochenta por militares hoy retirados. El debate se ha polarizado entre quienes ven a los acusados como símbolos de un Estado represor y quienes los consideran héroes que contuvieron una amenaza real. Pero quizá sea momento de pensar con más matices, sin caer en lecturas cómodas ni memorias selectivas.
Quienes vivimos
aquella época recordamos que la violencia de Alfaro Vive Carajo no fue un
invento. Hubo asesinatos, secuestros, asaltos, atentados y un clima de audacia
criminal que culminó en hechos atroces como el secuestro y asesinato de Nahim
Isaías Barquet. Las víctimas, ciudadanos, empresarios, policías, soldados
vieron vulnerados sus derechos más básicos. Y muchos delitos adicionales no
ocurrieron porque las Fuerzas del Orden lograron contener una deriva que pudo
haber sido mucho peor. Esa parte del relato suele omitirse, aunque forma parte
de la verdad histórica.
Pero reconocer
ese contexto no equivale a justificar excesos ni a desestimar el reclamo de
justicia de quienes sufrieron abusos bajo custodia estatal. Un Estado
democrático debe ser capaz de mirarse al espejo, incluso cuando duela. Lo
complejo surge cuando el espejo se convierte en un arma política o cuando el
pasado se juzga con la impaciencia moral del presente, sin considerar los
límites de la memoria, la evidencia y el tiempo. Los delitos de lesa humanidad
exigen pruebas sólidas, patrones claros y responsabilidad individual, no
condenas basadas en percepciones o simpatías.
La justicia
tardía puede ser necesaria, pero también debe ser prudente. No se trata de
reescribir la historia hacia un lado u otro, sino de entender que en tiempos
turbulentos pueden coexistir el deber cumplido y el error; el sacrificio y la
omisión; la valentía y el exceso. Quienes hoy juzgan no vivieron el miedo de
entonces, y quienes actuaron entonces no imaginaban ser juzgados cuarenta años
después. La pregunta no es quién tuvo razón, sino cómo enfrentar nuestro pasado
sin traicionarlo y sin debilitar las instituciones que aún sostienen nuestro
futuro.
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