RECONCILIAR EL PAÍS

Ecuador no necesita otra revolución, sino una reconciliación. Hemos vivido demasiado tiempo entre consignas que dividen y relatos que prometen redención mientras siembran resentimiento. Hoy, la política ha reemplazado al ciudadano por el colectivo: mujer, indígena, homosexual, migrante. Cada identidad se ha convertido en trinchera. Se perdió el individuo, y con él, la posibilidad del diálogo, de reconocernos en lo común y no en la diferencia.

Reconciliar exige, ante todo, volver a decir la verdad. En tiempos donde la corrección política se confunde con virtud, expresar una convicción sincera parece una descortesía. Sin embargo, callar por miedo a ofender es renunciar a la razón y, con ella, a la libertad. El debate no destruye: ilumina. Las sociedades que dejan de discutir se vuelven frágiles, vulnerables al dogma y a la manipulación. El diálogo, incluso cuando incomoda, es la forma más alta de respeto.

También debemos aprender a mirar el mundo más allá de los titulares, que reducen la complejidad a consignas y la realidad a eslóganes. Las culturas no son murallas, sino tejidos que se entrelazan. En lugar de buscar las diferencias, deberíamos reconocer lo parecido: la aspiración compartida a la justicia, la belleza y la verdad. Solo desde esa conciencia común puede nacer una verdadera ciudadanía.

Reconciliar no significa olvidar ni absolver. Significa restablecer el orden público —no solo el del Estado, sino el de la civilización democrática—, fundado en la igualdad jurídica y la dignidad de la persona. Las antiguas culturas americanas tuvieron grandeza y deben ser honradas, pero la república moderna descansa en un principio universal: todos somos iguales ante la ley. No puede haber dos justicias, una ordinaria y otra indígena, porque la fragmentación legal debilita el Estado y erosiona la confianza en la justicia. Ninguna identidad, por legítima que sea, puede colocarse por encima de la norma común.

Reconciliar el país es madurar. Es mirar con serenidad y coraje lo que nos une más que lo que nos separa. Porque reconciliar no es retroceder: es avanzar hacia una patria donde la ley, la palabra y la razón sean los pilares de la convivencia republicana.

 

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