LOS COMENTARIOS DE MARGARET
En mayo del 2007 un presidente
socialista declaró: “a mí no me interesa la plata (dinero) si quieren puedo
donar esa plata, aunque mi principal deber es darle seguridad a mi familia”. Se refería a cientos de miles de dólares que
obtuvo durante su mandato como consecuencia de un fallo judicial a su favor por
daño moral. El dinero fue depositado en
Alemania.
Después leí que la presidenta socialista
de una asamblea compró una vivienda de trescientos ochenta mil dólares en un
barrio pelucón. Al explicar esta
contradicción, solicitó respeto a su forma de vida.
Estamos de acuerdo con los
argumentos que ambos servidores públicos usaron para justificar sus actos. Los individuos tenemos derecho a administrar
nuestro dinero con libertad. Siempre y
cuando tenga origen lícito. El
inconveniente, según Margaret Thatcher, es que los socialistas tienen la
arrogancia de creer que pueden planificar mejor la vida de todos, pero cuando
se les pregunta sobre cómo podríamos distribuir equitativamente sus bienes, el
socialismo o el comunismo no es aplicable para ellos. Ellos son expertos administrando los bienes
de terceros. Les resulta intolerable que
alguien les haga notar que no respetan las mismas reglas que exigen a los
gobernados.
Es por eso que el socialismo
fracasa cuando se acaba el dinero de los demás, decía la Thatcher. Prueba de aquello son los resultados
económicos obtenidos por todos los países que estaban tras la cortina de
hierro, Cuba y Venezuela. Fueron grandes
expropiadores de actividades productivas, que solamente lograron que sus
pueblos vivan escasez. Los ingleses
también perdieron control sobre algunas de sus colonias en América por elevar
los impuestos. Existen muchos ejemplos
en la historia de gobiernos que cayeron por no obrar en favor de sus súbditos o
mandantes, según el caso.
La fórmula para salir adelante
radica en crear un ambiente de libertad a largo plazo que permita que los
negocios prosperen y generen nuevas fuentes de trabajo. Promover reglas cambiantes que tienden a
favorecer a los gobernantes o se basan en ideología, genera incertidumbre en el
comercio.
El Ecuador es número uno en
banano, camarón, flores. También está en
los primeros lugares de atún y cacao a nivel mundial. La exportación de estos productos no nació de
una matriz productiva. Lo
contrario. Provienen de emprendedores
visionarios que arriesgaron. Como
recompensa, el Estado se ha dedicado a martirizar a estos empresarios con
tramitología excesiva, mayor presión fiscal, leyes laborales inflexibles y
restricciones al libre comercio. Cuando
lo único que tenía que hacer era convertirse en facilitador. Es asombroso que estos productos ocupen un
sitial importante en el mercado mundial sin apoyo estatal.
El Estado jamás producirá. Ningún Estado ha sido un buen
administrador. Solamente debe dedicarse
a controlar, como aquel árbitro imperceptible que deja que los mejores partidos
deleiten al público.
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